Compañero de Labor.
Compañero
de Labor.
Ὁ ἈΓΝΌΣ ΆΔΕΛΦΌΣ[1]
“...más allá, el
conocimiento del corazón del hombre…”
M.’.V.’.M.’.
“Cuando te mantienes en
silencio, en ese momento eres lo mismo que era Dios antes de la naturaleza y de
la criatura, que es de donde formó tu naturaleza y tu criatura. Entonces ves y
oyes con aquello con lo que Él veía y oía por medio de ti, antes de que hubiesen
tenido comienzo tu voluntad propia, tu visión y tu audición.” Jakob Bohme.
Tres pilares asombran sobre el aumento de
salario: a) El gesto de orden; b) La mirada ciclópea y c) La
circulación antagónica.
a) El gesto de orden.
En cuanto al primer pilar, a las luces del grado anterior, marcado es el contraste del gesto de orden del compañero.
En
el 1er grado simbólico, el corazón está descubierto, ante la intemperie, pues
los obreros felices trabajan en silencio, a cal y canto, bajo las fauces del
gran León veraniego, es mediodía en punto. La mano derecha templada, en
vigorosa escuadra, separa la cabeza del resto del cuerpo y la mantiene al
margen, como lo expresa el Evangelio al recordar las terribles palabras de la
gran bailarina seductora de Reyes, la hija de Herodías: “Dame en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”.
Así pues, la mano del aprendiz se posa amenazante sobre la Venus Pandemos, que
se domicilia en el primer fijo del ciclo anual, el signo más denso, el fijo de
tierra[2],
disciplinando la impetuosidad lógica, esa lógica que deriva del “LOGOS” de los
antiguos griegos, que es orden, reunión, clasificación, pero también palabra,
historia, cuento, por aquello que se cuenta y, de lo cual, pocas veces nos
damos cuenta. El ángulo de la mano, junto al pulgar y al índice, catetos cuya
hipotenusa invisible es suplida por la capacidad de tensión orgánica que el
iniciado es capaz de operar.
Hipotenusa,
hypoteinousa, hypo-teinõ-ousa, ¡Oh, Helena Ouk-ousa!. Hypo, abajo;
teinõ, estiro y tenso; ousa, lo femenino sustancial. ¡Ton arton hemõn
tõn epi-ousion!. ¡Oh, pan nuestro supra-sustancial!.
Solo Odiseo pudo tensar el arco, “Bíos”, “Biós”. Una misma palabra con diferentes acentos marcan la diferencia entre "vida” y “arco”. En el primero, al acentuar la “i”, pongo la fuerza de mi voz pandémica sobre la vertical; en el segundo, al acentuar la “o”, afianzo a Pandemos sobre la rueda del Samsara.
En el 2do grado, con el signo de orden, ocultamos el corazón, en un descuido queda desprotegido un centro fundamental, hemos liberado a Pandemos, la cual fructifica y despliega su poder. Los catetos y la hipotenusa se disuelven, la geometría se ha perdido, cae la mano y se posa sobre el pecho con agarre felino, cercando al corazón con barrotes de falanges tensionadas. Garra sospechosa. El codo del otro brazo, ya no reposa soberano, se pliega, se contrae, evitando cualquier escape lateral del insaciable órgano batiente. La prisión, así fortificada, se extiende hacia la izquierda, con pretensiones de ascenso, para detenerse a la altura del rostro, de la persona, de la máscara, terminando en la flacidez de una mano, indecisa, inconstante, vulnerable, desarmada, que parece descubrir la cabeza, los sentidos, el discurso libre, la razón ordinaria, el entendimiento común.
El
compañero, carcelero, potencial verdugo, se desplaza. Pero se atisba una
ambigüedad en su postura, pues de repente, da la impresión de haber sido herido
en el corazón.
Oh,
compañero de labor ¿Acaso eres carcelero o prisionero herido?
Así pues, con el paso de la perpendicular al nivel, el conocimiento cierto del corazón, concebido en los silencios que se acuñan tras cada malletazo del “re-cuerdo”, fuerza nutricia de un aprendiz esperanzado, es abandonado. En búsqueda del poliédrico espejismo de la palabra, el compañero va impetuoso, plagado de frágiles certezas, numerosas como las espigas de trigo, sospechoso siempre sin saber por qué, como Edipo.
b) La mirada ciclópea.
En
el segundo pilar, el
compañero es un testigo peculiar de “mirada ciclópea”. Tiene a disposición un
solo ojo, se encuentra perdido en 4 viajes iniciales, aparentemente libres y
sin obstáculos, donde es exhortado, inducido y animado a leer 22 palabras. El
alfabeto fenicio está compuesto por 22 consonantes, a partir de allí el sagrado
arameo, el hebreo, el griego y las 22 figuras sagradas del hermetismo. Ámbitos
donde “lo representable” llega a su mayor abstracción.
Así
pues, “el caótico silencio” de la augusta iniciación contrasta con la
“armoniosa palabrería” del aumento de salario. El compañero se encuentra
abrumado, dominado, preso de las palabras, encarnación de pleonasmo humano.
En
el viaje de retorno a Ítaca, “Odiseo Polytropos”[3],
el Héroe de astucia sin igual, se vio preso en el interior de la caverna,
perteneciente al cíclope hijo de Poseidón, de nombre “Polyphemos”. El nombre de
esta criatura de un solo ojo es una expresión griega compuesta (Poly &
Phemos) que, en conjunto, significa “muchas palabras”. Es curioso
que el héroe sea poseedor de un nombre y un epíteto, mientras que el cíclope, solo
posee un nombre que es epíteto en sí mismo. Ambos epítetos, el del héroe (Polytropos)
y el del cíclope (Polyphemos) tienen una morfología similar, su composición
refiere una multiplicidad, solo que el epíteto del héroe evoca diversidad en
actos, mientras el del cíclope evoca diversidad en palabras. Numerosos son, como
las espigas de trigo.
La
salida de la caverna por parte del Héroe obedeció a 4 factores: I) La
embriaguez de Polyphemos causada por Odiseo; II) El renombre peculiar
del Héroe; III) El enceguecimiento del cíclope a partir del vaciado de
su cuenca ocular; y, IV) La ayuda del carnero.
La
embriaguez del cíclope tiene lugar a través de la ingesta de vino puro. Se
produce, por la misma vía de la palabra, a través de la apertura de la boca,
pero mediante un acto pasivo de recepción. El cíclope participa en la ingesta
de la quinta esencia, el vino no diluido. El cíclope es silenciado, se ve
sumergido en el mundo de los sueños. Pero antes de dormir, Polyphemos le
pregunta a Odiseo su nombre, y este le responde “Outis” o, según algunos
textos, “Oudéis”; en ambos casos, se traduce por “nadie, ninguno,
nada”.
La
criatura duerme, ha degustado y saboreado, ha participado en el conocimiento
directo sin poder digerirlo del todo. Es embargada por el sopor. Sabiduría,
sabor, saber, sabroso, saborear.
De
seguidas, tiene lugar el enceguecimiento del cíclope, su cuenca ocular es
vaciada y sufre, pues de forma repentina ha quedado desconectado del mundo de
la palabra[4],
gracias a la vacuidad así generada se encuentra ahora en la media noche, la
tiniebla lo circunda, pero es incapaz de soportarla.
Odiseo
escapa, oculto bajo el carnero. El cíclope hace uso del tacto, en su pretensión
de vigilar el íntimo redil. Sus esfuerzos son infructuosos, el héroe se da a la
fuga con la ayuda del carnero.
Sin
embargo, su astucia no le precave del poder de la palabra, lo que en silencio
había concebido y tramado, lo que con obras había consumado, lo mancilla con su
boca y se condena. En medio de la huida, su delata a sí mismo, clama y se burla
del enceguecido, se jacta desde la distancia, expresa que no ha sido “nadie-ninguno”
quien lo ha herido, sino que ha sido él mismo, “Odiseo”, el autor de la treta, mientras
se burla y parte victorioso.
El héroe sufre la ira de Poseidón por la jactancia que le ha llevado a proferir su nombre. El más astuto de los hombres, incapaz de callarse, ha sido vencido por el ímpetu de la palabra.
¡Oh astuto Odiseo, has
proferido “poly phemos”!
c) La circulación antagónica.
El
cíclope circula de dos maneras: la “vía solar”, dextrogira, siguiendo el curso
del astro rey, de occidente a oriente por la vía de norte y, luego, de oriente
a occidente por la vía del Sur. Luego, la “vía polar”, en dirección al polo
norte, en sentido contrario, de occidente a oriente por la vía del sur y, luego,
de oriente a occidente por la vía del norte.
En
la primera, vamos del origen al devenir. En la segunda, vamos del devenir al
origen. Del poniente al naciente.
En
el septentrión, lugar opuesto al mediodía, como preámbulo a los viajes, se
encuentra el frontispicio del templo, justo en el norte, punto de encuentro
entre “Piscis-Aries”.
La
circulación antagónica que se ha referido, dibuja en el piso dos semicírculos,
que se interseccionan en oriente y occidente, trazando en el pavimento la
figura de “vesica piscis”, la “vejiga del pez”, bolsa orgánica llena de gas que
permite a ciertos peces la “flotabilidad neutral” en el agua. Vejiga ubicada
bajo la columna vertebral del pez que la posee, como el odre que Eolo le
obsequiara a Odiseo.
Esta
figura, a su vez, es el contorno del pez mismo. En Griego Antiguo la palabra
para nombrar al “pez” es “Ikhthys” (Iesú Khristós Theú Yiós
Soter)[5].
El
viaje último, sin herramientas, se realiza en afianzamiento de la “vía polar”,
aguijoneado en el corazón, sin poder mirar el camino transitado, a ciegas,
dibujando en su trayecto una herradura en el piso, producto de la forja, cuya
antigüedad, arquitectura y simbología debemos atender. Herradura que se
superpone sobre la “vesica piscis”, al final del cual se descubre la magnífica
estrella, poderosa, resplandeciente.
Otro
hijo de Poseidón, el gigante y cazador Orión, de quien se decía que tenía el don, otorgado por su padre, de caminar sobre las aguas, como producto de la embriaguez,
fue también enceguecido y, luego, bajo las instrucciones de Hefesto, viajó en
sentido Polar en búsqueda de Helios para que le sanara. En sus aventuras, el
gran cazador, producto igualmente de una jactancia, fue asesinado por el
escorpión. A partir de allí, el gigante cazador Orión y su perro, no dejan de
cazar en el firmamento. El gran perro de Orión es, sin duda, un lazarillo que
le guía en los intrincados bosques de la eternidad.
El
gran Odiseo, luego de sufrir las pruebas purificadoras, al haber consumado su
regreso a la patria de origen, fue reconocido sólo por su perro Argos, quien
estaba ya muy viejo y enfermo para levantarse; aun así, esta pequeña y fiel
criatura pudo reconocer al Héroe, lo esperaba al parecer, para dar su último
respiro y partir hacia su arquetipo, la estrella “perro”.
Oh, Lazarillo de la gran
noche oscura, reconócenos,
perdona la torpeza de
nuestros tocamientos,
la imprudencia de
nuestras palabras,
la confusión en nuestros
signos,
guía nuestros pasos
hacia la patria de origen,
como guiaste a los
antiguos soberanos ante Jesús y su Madre,
detente y muéstranos al
sagrado niño,
“así como el Sol en el
solsticio de estío…”
[1] Esta expresión, Jo Agnós
Adelfós, es la transliteración de una expresión griega que se traduce como “El
Hermano Desconocido”. Quien escribe esta plancha fue bautizado muy
apropiadamente con este nombre por pequeños sobrinos. Tiene gran significación,
pues su búsqueda espiritual y objetivo es la de conocerse a “sí mismo”. Su
estado es precisamente el de “des-conocido”; la legión, referida en el
Evangelio, sabe de él tanto como él mismo: nada. En medio del fragor de la
batalla todo es confusión. Solo Moisés, Aarón y Hur distinguen bien entre
Israel y Amalec, desde la cumbre del collado.
[2] TAURO, primer elemento
de la Mercabá, de la Esfinge, madre de la gran pregunta sin respuesta. El
“mu-gido” del buey, “muuuu”, onomatopeya con expresión en el verbo griego
“myoo”: “cerrar, mudo, callar”
[3]
Polytropos, título
griego otorgado a Odiseo, es una expresión compuesta (Poly & Tropos) que se
traduce como “muchas maneras” o “muchos recursos”.
[4] “...pide palabra y sufre
si ha de permanecer inexpresado, en lo inefable.” Jonuel Brigue
[5] “Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador.”






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