La cuarta parca.
Frente a mi escritorio
se encuentra la pared suroeste de mi habitación; de tal manera que la
superficie del mismo, ese espacio donde se suelen apoyar tanto mis brazos, como
los portalápices, libros y demás documentos de trabajo resulta perpendicular a
esa pared, y junto con ésta forma un ángulo de 90º, una escuadra perfecta.
Dispuestos de tal
manera, esos elementos constituyen algo así como una pequeña casa inacabada
cuyo piso no es de parqué, aunque el material de mi escritorio simule la
madera; se trata en cambio de un piso con embaldosado peculiar, que cambia
constantemente según la disposición de los libros, cuadernos y documentos que
estén siendo utilizados o que simplemente reposen allí a la espera de mi
regreso.
El techo de esa casita
compuesta por el azar consiste en una pequeña base de metal empotrada, que en
su parte inferior tiene un largo bombillo de neón de luz blanca amarrado a la misma,
improvisado para iluminar durante los múltiples momentos frente a mi escritorio,
considerando la mortecina luz de ese punto cardinal.
Habiendo dibujado éste
plano en nuestra imaginación, es imperioso retornar a la pared y eje vertical
ubicado entre el piso y el techo, que a su vez parecieran haberse puesto de
acuerdo para evocar a la superficie de la tierra y a la bóveda celeste
respectivamente; con la única diferencia de que en ésta bóveda sólo hay una
luminaria: el bombillo de neón de luz blanca. Luminaria peculiar que durante el
día es astro negro sin reflejo ni luz propia, que durante las noches y
madrugadas se transmuta en Sol artificial.
Así dispuestos los
tres elementos: piso, techo y pared suroccidental, los mismos, cual trinidad
arquitectónica componen una inmensa letra Beth hebrea cuya única abertura está
en dirección hacia mi rostro y mi torso cada vez que me encuentro sentado en el
escritorio. Es una asombrosa coincidencia que esa consonante hebrea sea la
segunda letra del alefato y a su vez su significado arcaico y hierático sea sin
más ni menos: “casa”.
La vinculación de ese
significado con lo narrado se debe a la analogía con la pequeña casa
improvisada que he descrito. Pero aún más, si recordamos que las letras hebreas
se corresponden a su vez a números; siendo que las diez primeras representan en
su orden a los primeros diez números enteros, entonces el hecho de que tanto la
letra como la casa representen al mismo tiempo al número dos, pone en evidencia
la otredad de aquello que “soy yo mismo allí” sentado frente a ella.
Confrontado me encuentro ante esa casa de tres columnas, dos ejes horizontales
paralelos el uno al otro y uno vertical que los conecta, por su cuarto lado está
una abertura, que a su vez es la única puerta o ventana, dependiendo si la
usamos sólo para mirar o si osamos franquearla. Para el observador la abertura
es una ventana por donde se asoma, empero el viajero la traspasa franqueando el
umbral que funge en este caso como puerta.
Así pues, al seguir
con la mirada el eje vertical de esa casa, recorriendo la pared en dirección
ascendente hacia el cenit, se llega visualmente a un límite material que representa
el techo y tope superior del eje; se trata de aquella base de metal empotrada
ya mencionada, inserta en la pared, cuya superficie es aproximadamente la
cuarta parte del escritorio en su totalidad pero que a su vez resulta dispuesta
de tal manera que tanto éste como esa pequeña estructura son paralelas entre sí.
Cada noche y madrugada
me encuentro con una compañía que, mientras el gran bombillo de neón permanece
apagado, resulta tanto imprevista como inadvertida; pero al encenderlo, allí se
encuentra con una casa casi etérea como la seda, a veces transparente; una fluida
casa dentro de aquella otra que ya he descrito, construida con firmeza y
amplitud a partir del punto superior donde termina la pared y comienza el
techo. Se trata de una telaraña muy extensa llena de incontables recovecos
mórbidos, que a su vez componen un inescrutable dédalo inconcebible para
ninguna ingeniería o diseño de la ciencia sin haber pasado antes por vastos
esfuerzos.
En momentos de
pequeños recesos productos del agotamiento o tan sólo de algún lapsus de la
imaginación; en esos instantes donde no se sabe si estamos despiertos o solo
dormimos con los ojos abiertos, allí sea donde sea que nos encontremos; en
períodos tales, me asomo por la puerta a través de su cerrojo y penetrando la primera
casa, llego a la segunda: la etérea. Esta tenue construcción es sin embargo más
firme, cierta y sin duda de una ingeniería superior.
Si lo pensamos bien,
los seres humanos desde antaño imitamos el refugio de mi compañera y su linaje,
desde que en la noche de los tiempos comenzamos a construir nuestras casas. Nuestra
interioridad alguna vez fue tan firme y cierta como ese palacio sublime…pero ya
no.
Me disculpo por la
digresión y continúo. En esa exploración, recorro desde mi seguridad de
observador cada uno de los pasadizos del laberinto inmenso; mientras el aire
del ventilador apostado a mi lado agita en vibración interminable la telaraña
entera. Mi compañera constructora no se inmuta, es maestra de obras y me muestra
además que es viuda. Para comer y sustentarse no requiere cumplir un horario ni
compromiso alguno, el tiempo y el espacio no la preocupan pues basta con
esperar que algún insensato penetre el laberinto sin las fuerzas ni la astucia
suficiente para salir luego, quedando atrapado allí para alimentarla por largo
tiempo; como aquella mosca que lucha por su vida en este justo instante mientras
la viuda y maestra de obras la envuelve en su regazo tejiendo al alrededor de
la víctima el manto con el que habrá de cubrirla eternamente.
Presenciando aquello,
me doy cuenta de su sonrisa de media luna menguante; procedo a recorrer mis
pasos en retrógrado para salir por donde entré; así pues, me ha permitido
recorrer su mágico recinto. Me asegura que no corro riesgos debido a la mortaja
de lino que cubre mis miembros:
-
“Quien está embalsamado fue tejido
por mis artes”.
Esto me asegura la
anciana maestra de obras y viuda, a quien de inmediato reconozco como Madre de
un linaje ancestral en espera de sus hijos… mis hermanos.
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