El canto victorioso de la Esfinge.
La ignorancia, elemento propiamente humano, nuestro primer acto al desprendernos del vientre materno, paso previo al violento llanto que nos arranca aquella ruptura, la separación primigenia.
Humana es la razón, la duda y las interrogantes que abruman al entendimiento con su presencia.
Esa expresión del ser universal en un ámbito de consciencia temporal y contingente calificada como “el hombre” es el punto de manifestación de “modos de estar y de obrar, de costumbres, caracteres y sentimientos” que tienen lugar “llegado el caso, bajo determinada condición, en el caso que…”. La naturaleza de los condicionales anteriores se observará en lo que sigue.
Es posible que a las luces de la filología dichas relaciones resulten
descabelladas; aún así, observamos un vínculo directo entre la condición humana
y lo que la homofonía señalada nos apunta. La vibración del sonido, allí donde
los análisis abundan, resulta contundente.
No
perdamos de vista la noción de “condición”, tanto en el sustantivo original
(anthroopos) como el construido a partir de la homofonía (an-tropos).
“La condición” como fundamento del devenir humano, da cuenta de la ignorancia fundamental y siempre presente detrás de todo saber. Pues detrás de toda certeza se encuentra la incertidumbre abisal, el no saberme a “mí mismo”; detrás de toda ignorancia, arde con refulgente tiniebla la ignorancia más fundamental, la de “mí mismo”. Detrás de la victoria de Edipo sobre la Esfinge se hallaba la peste, y tras esta calamidad, el esplendoroso reino de Tebas, velo a su vez del poderoso Apolo.
Detrás de aquel triunfo del Héroe trágico con la ayuda de su razón, facultad que le llevó a huir de su reino adoptivo para presentarse ante el enigma de la cantora terrible, se erigió incólume su soberbia, su sombra esplendorosa, aquella que lo llevó a maldecirse a sí mismo sin darse cuenta, sin saber, ignorándolo todo, dirigiéndolo en impetuoso ataque contra el divino Tiresias, sabio augur, viejo pobre y ciego, pero que había visto lo que nadie más, salvo Apolo.
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| Esfinge. Ilustración: Victoria. |
Poco antes de morir, Sócrates reconoció su deuda con Asclepios y encargó a Critón, uno de sus más cercanos discípulos, saldar la obligación con el Dios de la medicina mediante la entrega de un gallo. El maestro en ese momento se encontraba bajo los efectos de la cicuta, que había ingerido por la condena impuesta. Estaba muriendo envenenado por una injusta condena y aún así se declaraba a sí mismo como benéfico receptor de los favores del Dios de la medicina. El sabio filósofo había sanado. ¿Sanado de qué?
Su
vida, la tradición perenne a la cual sirvió con todas sus fuerzas y los
testimonios que nos han legado sus allegados dan cuenta respecto de qué había
sanado. Bien lo anunció ante el pueblo de Atenas en medio del juicio al que
fue sometido cuando afirmó:
<<ἐγὼ γὰρ δὴ οὔτε μέγα οὔτε σμικρὸν σύνοιδα ἐμαυτῷ σοφὸς ὤν·>>
(ΠΛΑΤΩΝ. Ἀπολογία Σωκράτους. 21b)
<<Yo
soy consciente “en mí mismo” de no ser sabio en nada: ni en lo pequeño ni en lo
grande.>>
(PLATON. Apología de Sócrates. 21b)

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