Edipo y el cruce de caminos.

 Griego Ant: “ὦ δύσποτμ᾽, εἴθε μήποτε γνοίης ὃς εἶ.”

Ἰοκάστη. Οἰδίπους Τύραννος. Σοφοκλής.


Translit.: “ō dyspotm’, eíthe mēpote gnóiēs hós éi.”

Iokástē. Oidípus Tyrannos. Sofoklēs.


Castell.: “Oh, desgraciado, ojalá jamás llegues a conocer quién eres.”

Yocasta. EDIPO REY. Sófocles.


Si tuviéramos que describir lo que ocurre en la tragedia de Edipo tras el esplendor de cada verso, intervención y diálogo, la manera más sencilla y acertada de establecerlo, aunque no por ello superficial, sería la constante curiosidad. 

Entiéndase bien que la curiosidad referida no es aquella que nos lleva simplemente a “asomarnos de pasada” como para apreciar algo fugazmente, sino la que nos conduce en cada instante a generar inquietudes, unas dentro de otras. 

Así como un jardín sembrado de asombros con grandes interrogantes floreciendo por doquier: en el árbol está la fruta, que a su vez es matriz de la simiente, y en esta última late la posibilidad de miríadas de árboles; se trata pues, de una tendencia constante a ejercer “un cuidado y un esmero en el saber”, lo cual es precisamente la etimología de la palabra “curiosidad”.

En la historia de EDIPO los momentos de lucidez son tan nutricios para aquél jardín, que sus custodios nos dejan pasear abiertamente por su infinita caridad. Sin embargo, resalta desde lejos el hecho de que las vetas de esa antigua roca que fundamenta la historia, aunque rebosante de profundas riquezas, se ha relegado en la modernidad debido a la tendencia racionalista a ver en el mito un “cuentíco" entretenido y nada más.

Todos en mayor o menor medida conocemos a grandes rasgos el desenvolvimiento de los acontecimientos, basta pronunciar la repetida frase Freudiana del “complejo de Edipo” para pensar que se tiene una idea acerca de la trama del antiguo mito, el que desafortunadamente queda reducido, bajo ese contexto, a ser empleado como paradigma de un “fenómeno psicológico” que se origina en los primeros años del ser humano, consistente en un sentimiento de amor que surge en el niño hacia el progenitor del sexo opuesto y que va de la mano con la presencia de una rivalidad respecto del progenitor de su mismo sexo.

Ilustración de Victoria. Inspirada en: VIRGEN NEGRA de Louis Cattiaux.
Ilustración: VICTORIA.
Inspirada en LA VIRGEN NEGRA
de LOUIS CATTIAUX.



Ahora bien, al inicio de esta entrada citamos el verso 1068 de la tragedia referida. Se trata de una intervención de la reina YOCASTA en la cual nos encontramos con lo que podríamos llamar un decreto de ignorancia, manifestado a modo de deseo en perjuicio del Rey. En ese punto de los acontecimientos, el héroe trágico se encuentra a un paso de lo que podríamos llamar: “conocerse a sí mismo”. EDIPO se encuentra en el umbral de saber su origen y enfrentarse a una terrible verdad. Justo allí, la Reina, madre y esposa exclama ante él esa terrible sentencia: 

“Oh, desgraciado, ojalá jamás llegues a conocer quién eres.”.

En esas palabras expresadas con la fuerza de un conjuro dirigido a sostener la ignorancia de quién busca con toda su fuerza saber su origen, reposa el deseo profundo de la regente femenina de la esplendorosa TEBAS, patria de un antiguo linaje que estaba afectada por la peste. La peste como añadido calamitoso que impregna al reino, producto de la voluntad superior en procura de vengar, reivindicar y resarcir un parricidio inconsciente.

Este crimen cuya sangre humeante clamaba por venganza desde las entrañas de la tierra, tuvo lugar en una encrucijada: cruce de caminos.

Todo cruce de caminos implica la confluencia de vías en un centro, el origen de las rutas, del sendero, de donde parten y a donde llegan; es el origen del espacio, y el punto a partir del cual se despliega la manifestación. Fue allí, en ese punto, donde ocurrió el terrible parricidio involuntario. Fue en aquél lugar donde se le dio muerte al origen viril, “hipostatisado” en el padre, para precipitarse en los brazos del origen yacente y “tamasico”.

Así pues, el despliegue de toda vida, a las luces de nuestra razón, pareciera tener lugar de forma no prevista ni consciente, “da la impresión” de que simplemente ocurre sin más. A su vez, una primera mirada parece mostrarnos que en ese REINO con todos sus esplendores, desde el comienzo, tiene lugar la ejecución de un “decreto real” dirigido a apagar la consciencia del origen.

EDIPO es condenado a sufrir el dispositivo de ese decreto. Su muerte fue decretada siendo aún un bebé sin nombre. Sobre sí pesó una sentencia de supresión de toda posibilidad de “llegar a ser”.

Por una milagrosa razón, la sentencia no se ejecutó, el héroe creció y a pesar de sus derroteros, conservó la posibilidad de “llegar a conocerse”, con todas las concomitancias terribles que esa toma de consciencia implicaba, pero aun así, “de pie y en la verdad”.

Al final, su mirada, que en realidad era un velo, desaparece por su mano. Ciego como TIRESIAS, pero también conocedor “en carne propia” de la gran verdad.

En Griego Antiguo, los verbos: “conocer” y “llegar a ser”, por una parte; y, el sustantivo: “linaje”, por la otra, coincidan en su morfología, como si de parientes se tratara. Así pues, las grafías correspondientes en su orden son: “γιγνώσκω”; “γίγνομαι” y “γένος”.

La presencia común de algunas consonantes y vocales es notable en esas tres representaciones que nos ofrece la lengua griega.

Como notable es lo anterior en el despliegue lingüístico del poema, también resalta que en la trama de fondo y en el curso de la tragedia, el héroe camina de la mano con aquellas expresiones, su sendero va en búsqueda de:


LLEGAR A SER A TRAVÉS DEL CONOCIMIENTO DE SU LINAJE VERDADERO”.


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