JOSUE Y JOSCELYN, UNA HISTORIA EN LA MAYOR.
En las clases de
guitarra, la esperanza creando el tiempo ríe y se esparce como lo hace la luz
del sol al despuntar en las primeras horas. También en las últimas horas ocurre
ese despunte hacia mundos subterráneos; aquéllos que como dimensiones ocultas
esconden sus risas, sus músicas y amaneceres.
Josué y Joscelyn son 2
jovencitos amigos de las Musas, que aprenden a pulsar los acordes como si se
tratara de lo único importante; de lo único existente... ¡de lo único!
Los observo con
satisfacción y un nivel de mí me reprocha el haber considerado que todo estaba
perdido. Intento emular la pasión de ambos, mientras ejecutan sin errores cada
posición; en ese momento, ocurre inesperadamente una incisión que rasga los
velos, y ahora, cada traste, cada cuerda, ha dejado de ser tal para
transformarse en una autopista. Son como rieles de un tren, si hemos de
utilizar una representación familiar; aunque para ser sinceros, la vía está
segmentada cual escalera sónica. En ese sendero, el progreso y desplazamiento
era nuestro, no de las notas.
Comenzado aquel lúcido
trayecto, a la menor distracción de mi parte, me quedo bastante detrás y ellos
avanzan con algarabía, como impulsados por aquel Céfiro que Botticelli
representó con maestría. Me detengo por un momento en mi ejecución y a través
de un atajo los alcanzo para continuar a su lado disponiéndome a no retrasarme.
Al observar ambos que una vez más llegué hasta el punto en que se encontraban,
me reciben con una bienvenida sin palabras, sin interrupción alguna, con el
corazón.
Desde allí me permiten
observar algo maravilloso. Mi cuerpo completo estaba dispuesto sosteniendo el
cuerpo del instrumento. A su vez, con él ejecutaba los acordes y tonalidades
nuevas para mí. Mi sentido de la vista, oído e intelecto se intentaban
sincronizar para concatenar y evaluar lo que estaba haciendo. Mi emoción estaba
presente en todo momento.
Por primera vez fui
testigo de la unidad por parte de los elementos que me conforman, dirigidos a
lograr una conjugación. La experiencia es como aquella en la que se fabrican
desde la nada los muñecos de trapo. Estos deben estar constituidos como
nosotros mismos y al igual que su composición se va armando a partir de
elementos heterogéneos; de la misma manera, somos formados en un punto temporal
determinado.
Nuestra vida está conformada por millones de millones
de puntos temporales desplegados como virutas de polvo en el espacio. Lo
anterior se plantea si nos formulamos un punto de vista general, pero si observamos
con un poco más de atención podremos darnos cuenta que en realidad nuestra
consciencia de vigilia no es más que eso. Desde que nos despertamos hasta que
nos sumimos en los brazos de la noche somos lanzados al violento transcurrir de
esas miríadas de puntos, cada uno de los cuales, pretende erigirse como centro
de aquella circunferencia que los sabios de la antigüedad emplearon como mapa
hacia nociones integrales de lo que existe.
Desde esa perspectiva, pareciera que esas virutas de
tiempo dibujadas como restos microscópicos de una explosión primigenia, no
fueran sino los conformantes de la circunferencia, aquellos que hacen posible
la línea.
Al parecer, todo depende de la vista que mana del
observador. La clave según algunos radica en el sujeto. De él mana todo lo
demás. Kant comenzó su majestuosa obra con grandes sentencias al respecto.
Dicho lo anterior, pareciera que es esta observación
la que hace que alguno de esos puntos se dé cuenta que no es uno más, sino que
él mismo es el centro y que todos los demás no son sino su reflejo.
La paradoja anterior es de naturaleza aporética.
Sin embargo, por la gracia de las Musas puede
emprenderse ese camino, ya que su guía se realiza bajo la alianza que aquellas
poseen con el padre de las letras en su esencia más íntima.
Joscelyn y Josué, en apenas un par de minutos,
quitaron el telón frágil del mundo, dibujando en el lienzo “algo” que además
vive a partir de entonces, hallándose integrado en el engranaje de dimensiones
ontológicas que sustentan a todo ser.
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