Armonías In Vitro.


Marzo 2019. 032019. 15. 6. 9.
A: Mater Nostra.
Inspirada: en ARMONÍAS DE WERCKMEISTER de Béla Tarr.
En agradecimiento a: Rafael Arturo Estrada Sánchez.


Al reanimarse, poca cosa podía sentir en ese instante de primera lucidez ex mortis. Se trataba de una serenidad de clarividencia incólume, más acentuada y determinante que aquella producida a partir de la circulación de la sangre renovada en el primer periquete del despertar, a lo largo de todos los conductos fisiológicos. Se vio recluso de una mazmorra tan frágil como el acero en proceso de formación, pero a su vez suficientemente recia como el hastío amodorrado. Casi nada podía hacer, estaba en un claustro. Cada día ingresaban tres celadores sin rostro visible que le propinaban una paliza sin explicación alguna; tan solo le decían entre risas, mientras embestían los látigos contra su humanidad, que era para que no olvidara el día de su reclusión. El asunto es que este castigo de rutina lo hizo olvidar hasta su nombre, solo quedaban recuerdos sin punto de referencia, y debido a la obscuridad de su celda, junto al recuerdo se encontraban los sonidos; con mayor precisión, las vibraciones. Aquella prisión era muy estrecha, de movimientos limitados; y sin embargo, también se dio cuenta que no solo oía, sino que escuchaba el sonido de los carros al recorrer la calle, el ladrido de los perros agitados por ese ruido maquinal de los vehículos rugiendo por su desgaste y rasgando el asfalto en búsqueda de una superficie más auténtica, menos sintética. Percibía con claridad igualmente el canto múltiple y coordinado de los gallos en la lejanía, la brisa soplando en la violencia del amanecer, las chicharras diminutas cantando al unísono, las aves de diverso origen saludando al Sol. Rasgando el velo de efímeros templos atendió nuevas armonías, eran sus latidos emitiendo vibraciones sin escalas; sus respiraciones también se presentaban a su vez como fuentes profundas de todos los acordes. En aquel instante, la circulación de su sangre recorría los conductos y recovecos de todas sus profundidades, mientras rugía en su curso a causa de su propia renovación. Esa sangre que a su vez era vehículo informe conducido por un director esencial que mecánicamente rasgaba las arterias, en búsqueda de las fuentes de aquella restauración. El propio conductor se buscaba a sí mismo. Intempestivamente vibraron en múltiples voces los recuerdos de la infancia, luego sus primeros desayunos y amaneceres repitiéndose en reversa hasta llegar al llanto de sí mismo siendo arrancado del vientre materno; solo que esta vez, era conectado para luego callarse. Todo recuerdo retrogradaba. Una vez hubo penetrado en aquel silencio sin tiempo, sin pentagrama capaz de contenerlo, ni figura que pudiera representarlo en la inmediatez de una nada aparente entonces sintió el latido del corazón de su madre que era el suyo propio. En todo este proceso, con sutil incursión se presentó una respiración que le era superior, que lo arrastraba a sí mismo desde sí mismo y hacia sí mismo, redundancia de los seres que eran a la vez su ser. Mientras tanto, las galaxias todas eran respiradas también, con la diferencia de que el único vigilante de aquella obra era él. En esta parte del proceso, con severa incursión se presentó el terror y le brindó una caricia para generarle una falsa sensación de compañía cuando en ese instante de contemplación se vio como único espectador. La falsedad se le mostró ostensible cuando brotó ante su consciencia la certeza sin adornos inocuos: necesitando una consorte, "la otredad" se le hizo apremiante; y a falta de los demás, para no ser fulminado por fuegos incognoscibles, generó al terror, compañero despiadado y conspirador.
El fluido vital de aquel movimiento armónico, sutil y brutal lo rebosaba sin ahogarlo; era un agente amniótico, in vitro. Agudizó la escucha y supo…se trataba realmente del canto improvisado por las llamaradas durante el crepitar in victo del fuego sostenido por el hierofante; mientras éste a su vez ejecutaba su danza lenta, nocturna y en compases de nueve."


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