EL GUITARRISTA DE LA CATÁSTROFE

Este mundo moderno impregnado de un halo mental de carácter colectivo, cuyo matiz principal pretende ser el progreso, la evolución y un estadio más elevado del hombre, no se cansa de desenterrar constantemente, sobre todo en la gran urbe, cuadros maravillosos y evocadores de lo que dicho diseño ofrece realmente. Se trata del resultado posterior de una catástrofe, donde la única armonía, el único orden nebuloso, etéreo, era la pieza tocada en algún punto de ese caos postapocalíptico por un guitarrista de singular y magro aspecto. 

Me encontraba en una vieja unidad de transporte público, de las pocas que quedaban para fungir como destartalados vehículos del colectivo, de la informe masa calificada de tantas maneras a lo largo de los siglos como “el vulgo”, “los muchos”, unidad formada a partir de una multiplicidad tan heterogénea como anhelante, mosaico abstracto de un Demiurgo incomprensible. Iba pues enrumbado hacia un Oriente, en dirección al este de la ciudad en la que transcurre mi existencia actual, mirando por la ventanilla del vehículo. La estropeada ciudad transcurría borrosa ante mi vista gastada, como foco de alicaída luz emanando desde mi cuerpo en movimiento, sobre aquel vehículo tan estropeado, que se confundía fácilmente con la infraestructura del entorno, descuidada desde mucho tiempo antes de la gran explosión.

Valgan todas las redundancias anteriores, pues estropeadas estaban la ciudad, el vehículo, la mirada, configurando una minusvalía perfecta, con apariencia y aires de una salud ilusoria.

Los desperfectos de mi mirada, más allá de la edad, obedecen a los miles de prejuicios que la empañan, a la cantidad de juicios condicionados tras años y años de sujeciones voluntarias a múltiples servidumbres o adhesiones a modos de pensar, ideas, parámetros, sistemas; todos estos elementos y estructuras le fueron otorgando a mi modo de percibir el mundo una terrible catarata, inoperable con ninguno de los métodos que posee la medicina más avanzada.

Las afecciones del vehículo y la ciudad se deben, en mayor o menor medida, a los mismos elementos que individual o colectivamente afectan las miradas de quienes, desde hace varias generaciones, poblamos este punto infinitesimal del Pluriverso.

Durante el trayecto, el vehículo fue abordado por un caballero sin intenciones de vender ningún producto, como suele suceder con aquellos vendedores que suben a los transportes públicos vendiendo golosinas y demás alimentos. En este caso, aquel hombre nos obsequió a todos unos minutos de acordes y una canción. En su posesión llevaba una guitarra, tan estropeada y remendada como nunca antes había visto, tenía tirro de embalaje, clavos y alguna de sus partes amarradas con pabilo; su estado era tal, que resultó un absoluto misterio de qué manera aquel hombre logró conjugar, para expresarlo con mayor aserción, cómo fue que hizo para conjurar con dicho instrumento esa porción de terrible belleza que compartió pocos segundos después.

Luego de saludar con gentileza a los pasajeros, mientras sostenía su sombrero negro en la mano izquierda sobre su pecho, se apoyó sobre un agarradero metálico vertical, de los que forman parte del diseño interior de los transportes públicos, y comenzó a digitar sus ritmos cantando acerca “del mar”, “de un viaje” que todos hacemos y “de la felicidad”.

La presencia de aquel guitarrista de la catástrofe era una postal confeccionada en una guerra sin causa, sin ideal, solo la manifestación pulsante de una batalla que se desencadena sin tregua: “la condición humana”. Su rostro y su mirada, más allá de sus pómulos y mejillas cubiertos de una espesa barba, expresaban una nostalgia indetenible, así como sus manos que concordaban sin parar para poder crear el escenario donde pudiera expresarse el océano y el viaje que todos estábamos haciendo en ese preciso instante; efectuado sin darnos cuenta, cada uno a sus destinos temporales, contingentes; sin percatarnos que éramos parte de un mismo viaje, más amplio, que comenzó en el instante en que vimos la luz material en este cuerpo; vehículo estropeado también con el paso de los años, como la rosa enferma de Blake, que reposa en una cama de alegría carmesí, acechada por el gusano invisible que vuela en la noche.

El músico de la nada, aquel profeta de lo inefable, el guitarrista de la catástrofe, pilotaba un cuerpo que superaba los cincuenta años. Ese cuerpo que era su vehículo, totalmente magro, evidenciaba una alimentación frugal y una disciplina ascética, alejada de toda vida muelle, más cerca de una praxis monacal.

Por un instante, la catarata de mi ojo izquierdo se disipó y pude darme cuenta que de los allí presentes, él sí estaba atento a ese viaje, mientras cantaba y tocaba su guitarra, recordaba el océano cuyas olas se batían despiadadamente, generando aquella espuma que antaño fue producto de la Hierogamia entre el agua, las rocas, el aire y el sol; esa misma que, en una era aurea y primigenia dio a luz a la Divina Urania.

Yo podía ver ese recuerdo, lo leía en sus ojos, como quien observa por un microscopio la composición  histológica de organismos que parecieran pertenecer al mundo de los sueños; contemplaba todo aquello, en la mirada del músico terrible, como quien aprecia, por el telescopio, las órbitas y brillanteces infinitas del universo todo; y es que la espuma del mar brillaba a través del círculo, en torno a las pupilas de aquel caballero de la noche, océano contenido por la circunferencia del iris, antiguo Ponto navegado por el gran Odiseo.

Aquella mirada mítica, ancestral, impactó directamente a mi ojo izquierdo, libre por un instante de la catarata ontológica que me embarga, gracias al soplo benéfico del Bóreas, viento septentrional.

El adusto hombre estaba a la mitad de su viaje; y allí, de pie en el transporte, se hallaba en un punto desde el cual parecía mirar en ambas direcciones; al frente tenía su destino incólume, detrás el pasado, los lugares transitados, el gran sueño del que despertó una vez, conquistando la simpatía de las musas.

Mientras, cada uno permanecíamos en el sueño glamoroso de ser directores de una orquesta etérea; él por su parte, había remendado su guitarra en múltiples puntos, con pega y cinta adhesiva de embalaje, con pabilo; y la tocaba, hermosa y maravillosamente, con total virtud.

En su música, en su presencia casi impalpable y con el movimiento del transporte, se manifestó el viaje, que aunque no era marítimo, ya que nos desplazábamos en última instancia sobre el pavimento de la calle; aun así, la imperceptible presencia del océano más allá de su mirada, se mezclaba con aquella tierra en la que estábamos,  generando una gran piedra, esa que conocemos con el nombre de “Universo” y dentro de la cual estamos petrificados en movimiento aparente.

Aquellos ojos insuflados por la espuma del mar fueron el recuerdo del océano que impregnó el vehículo entero de brisa marina.

Finalmente, de la felicidad solo puedo decir que a lo largo de ese instante que fue más bien un estado, en el que tuvo lugar aquella epifanía, fuimos felices mientras dormíamos.

          Estuvimos impregnados de plenitud, aun encontrándonos, sin saberlo, bajo el acecho de la mirada Poseidónica de la Terrible Parca, disfrazada de un guitarrista sin igual; Orfeo del misterio último, que tocaba y cantaba, con aquel cuerpo magro, y que, en lugar de una guadaña, portaba una guitarra inmortal. 

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